miércoles, 19 de agosto de 2020

La sonrisa del arcoíris - María Zulema Chervaz (poema)

La crisis de la Pandemia

Angustia al mundo entero…

Sufriendo están los humanos,

Orando a Dios pidiendo

No permita que se los lleve

Rápido el virus malo;

Insisten en Oraciones:

Señor no abandones

Al Pueblo que te ama tanto.

 

Del Cielo sale sonriente

El Arcoíris iluminando

Los corazones sufrientes…

 

Allá, en la Altura Celeste

Rezando están los Ángeles;

Coros de maravillas

Oyen los seres terrestres;

Iluminados por bellos cantos

Responden esperanzados

Inclinando todos sus frentes:

¡SEÑOR, NOS HAS SALVADO!

María Zulema Chervaz de Burioni

Photo by Alex from Pexels

La familia - Alberto Fernández

Eran ocho bajo el techo de chapa. La pared que antes era partes de un auto robado y una puerta de lona pretérita bolsa de arpillera. El piso de tierra que en un tiempo veía crecer tomates. Dos perros amigos del hombre, pateados por policías, que no saludan ni rezan. Sólo murmuran: ¡qué vida de mierda!  La familia, esa era La Familia, asistida por un amigo del Intendente con boletas cada dos años. Dos veces al día se acercaban al comedor para saborear dos platos de polenta, con trozos de indefinida carne. Defendían su derecho a haber nacido en ese país, con una bandera que los niños tomaron prestada de la autopista cercana. Todos tomaban prestado cosas que encontraban por ahí.

Si pasás por ahí un año después, de la familia de ocho quedaban seis. Seguí tu camino y tratá de dormir esa noche sin culpa.

Alberto Fernández

Photo by Emre Kuzu from Pexels

Distintas cegueras - Florencia Pérez Declercq

A mis diecinueve años no sabía hacía dónde dirigir mi pasión. A las mujeres me acercaba como un confidente, con ternura, pero pronto me cansaba y tomaba distancia. Podía aceptar para otros la libertad de la época en la que me había tocado vivir; pero no para mí. Las preguntas que, en un principio, hacían mis padres y mis amigos con insistencia, acerca de mis posibles relaciones amorosas, se habían transformado en un silencio que decía más que lo que callaba. Me era imposible conversar con alguien mi dolor. Ya que este ni siquiera se manifestaba como tal. De las urgencias del cuerpo me ocupaba yo mismo, pero en un estado de culpa y vergüenza que me torturaba. En ocasiones, me volcaba a alguna tarea insólita con marcada devoción: voluntariados, entrenamiento físico, aprendizaje de un idioma.

Los sábados por la noche sacaba a pasear mi soledad por las calles del centro.  Algunas veces hacía de solitario excéntrico, e iba a escuchar música tecno acodado en una barra con gesto desentendido. Otras, posaba de intelectual. Recorría librerías de viejo o iba a alguna función de teatro alternativo. No sé de dónde sacaba las ganas, ya que lo cierto es que el vacío que ocupaba ese extraño lugar entre el pecho y la espalda, se había vuelto oscuro y pesado.

Cierta noche decidí que lo único que podía devolverme algo de dignidad era un café con churros en La Giralda. Una lechería tradicional que resistía en una avenida llena de luces de neón y un zoológico humano que caminaba por sus ajetreadas veredas. El lugar olía a nostalgia. Me senté en una mesa para dos junto a la pared, mirando hacia la ventana. Hice el pedido y me puse a ojear el libro que había traído. Siempre llevaba algo para leer en mi mochila. Nunca traía conmigo el celular. A lo mejor para encontrarme con la sorpresa de algún mensaje interesante a mi llegada. Cuando comencé a adentrarme en la lectura, sentí una presencia extraña a mis espaldas. Como cuando una brisa se cuela por la ventana y cambia el aire de la casa, del mismo modo la energía a mi alrededor había cambiado. No soy ahora, ni lo era entonces, una persona dada al pensamiento metafísico, pero lo cierto es que esa presencia estaba allí.  Volví a las páginas, pero no lograba concentrarme. En el mismo momento que en mi mente comenzaba a tararear una canción, un silbido proveniente de atrás puso sonido a mis pensamientos. Coincidencias -pensé. Pero fue otra cosa lo que sentí. Algo en mi interior comenzaba a despertarse. Algo inédito que subía como arroyo desde la planta de mis pies. Acaricié la tapa del libro, percibiéndola como si fuera la primera vez que me permitiera acariciar algo.  Y mi cabeza se volvió una calesita de domingo. No quería darme vuelta y quedar en evidencia, y lo que el reflejo de la ventana me mostraba no alcanzaba a satisfacer mis dudas. Apenas veía parte de un bolso de cuero marrón sobre la mesa y un abrigo azul encima de éste. Tal vez cuando el mozo trajera mi pedido tendría la oportunidad de darme vuelta y ponerle una cara a esa presencia a mis espaldas. El silbido había cesado, pero en el aire flotaba una conexión ineludible. Tal vez por eso, cuando recuerdo aquel momento, me digo que nos conocimos en una canción. Encontrarse en un sonido. Ese fue quizás el primer punto del tejido.

Cuando por fin el mozo trajo el chocolate con churros, hice un giro muy pensado, pero una mujer amplia que justo se levantaba para irse, ocupó la única parte del horizonte que me interesaba. Lo que sí alcancé a ver fue la mesa. Chocolate con churros. Y un estuche de guitarra ocupando la silla cual un acompañante.  Esto dio lugar a más fantasías de mi parte. Nunca me había pasado algo así. Las fantasías, de algún modo, me estaban prohibidas. No me permitía divagar, soñar con otra persona. Por fin junté coraje y, luego de estudiar en mi mente qué mirada iba a dirigir a quien había silbado mi melodía, me giré. Primero vi unas manos y luego su rostro dulce, con el mismo gesto de quien mira la inmensidad del mar. Pero este rostro tenía los ojos apagados. Cuando vi al lado de la guitarra el bastón blanco, terminé de comprender. Tal vez fuera eso lo que me permitió continuar contemplando sin pudor. Creo que, incluso, se me formó una sonrisa. Cuando volví a girarme tomé sin pensarlo la taza, le di un trago al chocolate, ahora tibio, y en el preciso momento en que la bebida acariciaba mi garganta, reparé en el hecho de que se trataba de un muchacho. Tardé en dimensionarlo. Mi alma era un espejo que se desempañaba lentamente... Cerré los ojos, miré hacia adentro y me encontré con una mezcla de alivio y desconcierto en partes iguales. Instintivamente me tomé una mano con la otra. Estaban calientes. Volví a girarme y el muchacho seguía allí. Real. Un hombre. Es ahora o nunca- me dije. Ganó lo primero. Tomé mis cosas y me cambié de mesa sin más permiso que mis propios deseos. Silbé apenas y con torpeza la melodía. Y comenzamos a conversar como viejos amigos. En otra ocasión jamás me hubiera atrevido a hacer una cosa así.  Si apenas conversaba con el hombre del almacén o con algún vecino. Mi timidez se escondió en algún rincón y dio paso a este encuentro inesperado.  Tobías, su nombre lo supe después, hablaba con familiaridad, como acostumbrado a entablar conversación con extraños. A lo mejor el hecho de ser ciego hacía que tuviera más confianza en la gente. No sé. Solo recuerdo que fue el mozo quien nos anunció que ya cerraban.

Caminar juntos hacia el subte fue algo casi tan natural como que los árboles broten en primavera. Su invitación no tuvo palabras.

Al entrar a su casa, lo primero que llamó mi atención, fue un ramo de flores frescas en una jarra sobre la mesa de la cocina. Intuyendo mi pregunta, se adelantó a contestarme que él sí veía las flores. Lo hacía cada vez que alguien mencionaba su belleza. Con el tiempo fui comprendiendo que veía mucho más que yo. Se acercó a la cocina y puso agua para unos mates. Después de haberlo observado manejarse en la calle como lo hacía, ya casi no me sorprendía que lo hiciera con tanta seguridad dentro de su casa. El gesto desplegó una intimidad nueva y me dieron unas ganas terribles de abrazarlo. Como si la vergüenza fuera un tapado que uno puede sacarse a voluntad, había dejado el mío al otro lado de la puerta. Recibió el abrazo sin barreras. Y al abrazo siguieron muchas otras maneras de acercarse, de conocerse; que, aunque estaban aceleradas por el ritmo de la pasión compartida, daban espacio al placer tanto tiempo relegado. Soy Tobías, dijo, cuando en realidad, nuestros cuerpos ya se habían ocupado de presentarse. Martín, dije. Y mi nombre me sonó nuevo, recién inaugurado.

En un momento tomó la guitarra, primero la besó, y sentí algo de celos. La cocina se llenó de acordes. Tomaba el instrumento de un modo curioso, apoyándolo en la falda y acariciando las cuerdas, casi con la misma ternura con que lo había hecho conmigo. Mi voz salió del encierro de la ducha y se animó a acompañar la melodía. No me reconocía... Lo más primitivo y cierto de mí se anunciaba en esa voz. Desovillamos canciones hasta la madrugada. Un modo más de encontrarse.

La luz por la ventana nos indicaba que la tierra había dado otro giro sobre sí misma; adentro el tiempo había sido otro: un tiempo de descubrimiento, de dique roto, tiempo de desquite.  Nos despertamos y tuve conciencia de que no se trataba de un sueño. Lo fragmentado de mí se reunía. Y eso era maravilloso. Mientras tomábamos unos mates con restos de pizza, crecía en mí una sensación de miedo por lo que encontraría al salir a la calle. ¿Cuánto de mí había cambiado? ¿Sería capaz de ofrecer mi verdad a los otros, sin que perdiera parte de su brillo? Un abrazo cálido interrumpió mis dudas. No estaba solo, nunca más solo.

Florencia Pérez Declercq


Photo by Raphael Brasileiro from Pexels 

viernes, 31 de julio de 2020

El baile de los hecatónquiros (novela) - Olga Cortez Barbera

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La estafeta del tiempo - Pilar Galindo Salmerón

Cada uno de nosotros, los habitantes del planeta azul, dispone de un tiempo propio, el de su vida y, a la vez, tiene un lugar reservado en el tiempo del mundo.

El tiempo, al pasar, nos empuja a recorrer nuestro camino, luego sigue su ruta hacia el futuro, y a nosotros, concluido nuestro ciclo, nos abandona en el pasado.

No tiene fronteras el tiempo, ni limites, nos envuelve y nos cobija en el lugar asignado, junto a nuestros sueños, invenciones y quimeras. En la Estafeta del Tiempo, se depositan los mensajes destinados a gentes que ya no están en el presente. Suele tratarse de cuitas antiguas o de arreglos de cuentas atrasadas. Allá, casi al final del mapa que abarca el siglo XIX, se encuentra don Leopoldo Alas, afamado escritor. Acaban de entregarle una citación y el buen señor se pregunta: ¿Quién querrá verme y para qué? Sentado en la Sala de Encuentros de la Estafeta del Tiempo, hay un señor de tez morena, quevedos y pelo oscuro planchado hacia atrás. El caballero evidencia su nerviosismo jugueteando con sus lentes, que se quita y se pone sin cesar.

A la puerta de la sala llega una dama muy joven y muy hermosa, tiene los ojos y el pelo negros, va peinada con un moño alto y tocada con un sombrerito gris.

Al verla, don Leopoldo se pone en pie de un salto y avanza hacia ella murmurando:

—Ana, Ana Ozores.

La dama sonríe y le tiende una mano enguantada, él se inclina y la roza, sin llegar a besarla. Se la queda mirando entorpecido por el asombro. Es ella quien dice:

—Vamos a sentarnos, quiero hablar con usted.

Ocupan las dos únicas butacas de la Sala de Encuentros.

El escritor dice:

—¿En qué puedo servirla? -Verá usted, don Leopoldo, la pregunta es muy sencilla:

—¿Por qué dio usted una vida tan mala a la pobre Regenta?

—Disculpe, yo no pensé hacerle daño a mi personaje, yo inventé una historia para demostrar lo mal que la sociedad trataba a las mujeres, en la época que me tocó vivir, un tiempo oscuro, dominado por prejuicios y exigencias que siempre supeditaban a las féminas al varón, como si fueran menores de edad.

—Eso ya lo sé, señor mío, cómo no saberlo, después de un siglo de artículos y estudios sobre su obra. Sin embargo, hay dos escritores, uno ruso y otro francés, que crean dos heroínas —Anna Karenina y Madame Bovary—. Ellos también tratan de liberar a la mujer de las ataduras de los prejuicios, las motivaciones son iguales a las suyas, pero el final de esas mujeres es más dulce que el que usted diseñó para mí.

Don Leopoldo está escandalizado.

—Nadie debe quitarse la vida por propia mano ¿el suicidio le parece a usted un final dulce?

—A veces, señor escritor, la muerte es más tolerable que ciertas vidas. Voy a recordarle cómo terminó Ana Ozores: abandonada por su amante, el hombre al que quería de verdad, deshonrada ante su entorno social, muerto su marido en el campo del honor, defendiendo la honra de la Regenta. Hasta Dios la rechazó cuando acudió a la Iglesia.

—No, doña Ana, Dios no la rechazó, fue una rama corrupta de la Iglesia, un sacerdote mujeriego, avariento y loco de celos, el que la dejó humillada y sola. Dios no estaba en la catedral ni en esa sociedad hipócrita. A doña Ana le queda Dios. A las otras dos mujeres, no les quedó nada.

La dama lo mira y sonríe,

—Muy bien, usted me ha dado su versión, pero yo no sé cuál es la opinión de Dios al respecto.

Como mi creador me remite a Dios y yo no voy a parar hasta saber si Él tendrá piedad de la Regenta… le pediré una última información, don Leopoldo.

—¿Sabe usted si en el cielo hay Estafeta de Correos?

Pilar Galindo Salmerón


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El contemplador de estrellas - Olga Cortez Barbera

Los integrantes de la familia Suárez eran extraños. Tan silenciosos, que nadie pudo ver, ni escuchar, cuando llegaron al vecindario. Ni siquiera yo, que vivía en la casa próxima. Entraban y salían como envueltos en una burbuja que los excluía de todo lo que les rodeaba; frente a los saludos de los vecinos, fingían estar mirando a otro lado. Ese era el comentario de la comunidad. Tal vez, nunca hubiera tenido que ver con ellos sí, una noche, cuando me disponía a acostarme, no viera en la ventana de los nuevos vecinos a un niño contemplando las estrellas. Me acerqué a la mía. Ocultándome detrás de las cortinas para no interrumpir, pude ver cómo la luz de la luna iluminaba su rostro. Me pareció tan afligido… Propensa a las causas, por lo general, perdidas, prometí averiguar qué le pasaba. Sola y jubilada, ¿cómo no aplicar el ocio y la experiencia a la mitigación de su tristeza?

Cuando niña, hice lo mismo que él, como si en las alturas pudiera encontrar la solución a los miedos infantiles. Crecí bajo la tutela de una tía. Amargada por la viudez temprana, buscó aplacar su soledad con mi presencia. El fallecimiento de su esposo sucedió años antes de que yo perdiera a mis padres en un accidente. Como si quedar huérfana fuera poco, me tocó vivir en un caserón sumergido en la rigidez y lo antiguo. Con mi tía, la vida era un drama; cualquier motivo era un pretexto para enviarme al cuarto de los castigos. Entre paredes mohosas, telarañas y lagartijas, me preguntaba qué había hecho mal, mientras el miedo corría por mis venas de tan sólo imaginar los monstruos ocultos entre los muebles viejos. A través de las rendijas de la ventana clausurada, el cielo era mi escape, la cometa que me transportaba a mis sueños de una vida diferente, rodeada de personas que me amaran.

Años después, pude despedirme de aquella mujer que no supo darme afecto. Esa experiencia me ayudó a madurar antes y sirvió como puente de solidaridad hacia el prójimo. Tomaba como propios los problemas de mis amigos y mis compañeros de trabajo. En la calle, no podía ignorar al desvalido, menos si se trataba de un infante. En ocasiones, cuando veía las noticias, el mundo solía parecerme cruel, lo que me llevaba a un revoltillo existencial. Frente a todo esto, unos me consideraban compasiva; otros, una soberana majadera. Yo no prestaba importancia a esas opiniones. En los momentos de confusión, el cielo siempre estaba allí para serenarme, luego de aferrarme a las leyes metafísicas, como la vía para encontrar el porqué de las injusticias del mundo. Ahora, suponía que me enfrentaba a otra.

Entre mis perros y mis gatos, el niño en la ventana interrumpió la rutina. Comencé a observarlo cada noche, mientras crecía el propósito de ganarme su confianza. Así podía enterarme de sus desventuras y encontrar la manera de ayudarlo. Como un rufián en acecho, tomé la decisión de vigilarlo durante el día. De lunes a viernes, iba a la escuela. Los sábados, enfundado en su uniforme deportivo y con el balón bajo el brazo, a practicar fútbol. Cuando no (suponía yo), a pasear con sus padres. Los domingos, por lo general, acostumbraba salir al jardín y tirarse sobre la grama. Inmóvil, volvía a fijar sus ojos en el firmamento. 

Si tenía amigos, no lo visitaban; era una pena. La infancia, sin ellos, carecía de sol. Yo esperaba el momento oportuno para hacerme la encontradiza. Apenas los veía caminar hacia la calle, me apresuraba a alcanzarlos:

—¡Buenos días, señores!

Los padres me ignoraban, pero el niño, disimuladamente, respondía con una sonrisa.

Una mañana, después de mi paseo por el parque, escuché unos gemidos. Eran de un perrito abandonado en una caja. No podía dejarlo allí. “Ven conmigo, chiquito. ¿Quién pudo hacerte esta maldad?”. Cerca de casa, vi al niño en el jardín y, de inmediato, pensé en una estrategia. Los niños no suelen resistirse a la tentación de acariciar a los animalitos. Haciéndome la tonta, me paré frente al jardín:

—Perrito lindo, apenas lleguemos, te baño y te doy de comer.

El niño me escuchó y se levantó.

—Acércate—, le dije.

Comprobó que nadie estuviera en la ventana.

—No temas—, le sonreí.

—¿Puedo acariciarlo?—, preguntó.

—Sí, siente lo suave que es.

Lo tomó con sumo cuidado y yo me sentía feliz por haber logrado dar el primer paso. El astro de su sonrisa me iluminó el alma. Yo me hubiera quedado allí la mañana entera si su mamá, furiosa, no le hubiera gritado desde la puerta:

—Leonardo, ¡¿qué haces?! ¿Olvidas que eres alérgico? ¡Entra a la casa y lávate las manos!

Pasmada, no encontré que decir. Me devolvió el perrito y se fue.

¡Leonardo! Saber cómo se llamaba lo acercó más a mí. El incidente me inquietó, aún más. La actitud de la señora me obligaba a entender que no era posible entablar una amistad con ella, menos con su hijo. Quizás, era una de esas mujeres sometidas al mal carácter del esposo, y Leonardo sufría las consecuencias. Por lo tanto, era necesario que yo encontrara la forma para ayudar al niño que tanto le gustaba contemplar las estrellas. No tenía intenciones de hurgar en las intimidades de ese hogar, sólo pretendía hacerle saber a Leonardo, a pesar del enorme puente entre nuestras edades, que yo estaba dispuesta a ser su amiga y que podía contar conmigo en cualquier circunstancia.

Pasaron las semanas y no volvió a la escuela, al fútbol, ni al jardín. ¿Estaba enfermo o en esa casa había, también, un cuarto de los castigos? Yo podía llamar a las autoridades… Sin pruebas, ¿quién le prestaría atención a una anciana senil? Sobre todo, cuando ya los había alertado, en otra oportunidad, y resultó una falsa alarma. Yo no podía quedarme tranquila. Fui a la cocina y horneé un delicioso pastel. Con él en manos, toqué a la puerta de los vecinos. La señora, con una cara de susto, no lo recibió, pero me dio las gracias. Dijo que ellos no tenían por costumbre socializar, por lo que cruzamos pocas palabras: “Su hijo, ¿cómo está?” “Bien” “¿Puede saludarlo de mi parte?” “Por supuesto”. “No la molesto más”. “Gracias por su amabilidad”. Regresé con el pastel… ¡Cómo lo disfrutaron mis mascotas!

La rutina volvió a mi existencia de pergamino: el aseo de la casa, la comida para mí y mis compañeros de cuatro patas, las caminatas al parque y los libros para atravesar el insomnio. Leonardo no se alejaba de mis pensamientos. Lo imaginaba en un universo de luceros negros, y yo sin poder correr a su auxilio. Dejé de asomarme a las ventanas porque me dolía no encontrarlo contemplando las estrellas o yendo a sus actividades. Una mañana, volví a escuchar su voz, cuando iba camino a la escuela. Me alegró mucho, aunque existía la posibilidad de que no pudiera acercarme a él de nuevo.

Esa noche, a punto de ir a la cama, no resistí la tentación de asomarme a la ventana. Aparté las cortinas y él estaba allí, con su sonrisa iluminada por la luna. No miraba el cielo, me miraba a mí. La emoción me embargó:

—Hola, Leonardo, ¿sabes que te extrañaba?

—Yo también—, contestó.

—¿Tú también?

—¿Crees que no me daba cuenta de que me espiabas detrás de las cortinas?

—No lo hacía por mal…

—Lo sé. Me caes bien. ¿Quieres acompañarme a buscar platillos voladores?

—Para luego es tarde, cariño.

Suspiré. Era un buen comienzo.

Olga Cortez Barbera


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lunes, 8 de julio de 2019

Las carcajadas - María Zulema Chervaz


Nació el 13 de mayo de 2009. Desde ese momento, mi vida tomó otra dimensión. Me convertí en Abuela. En “Abu”, como ya les había anticipado a familiares y amigos, para evitar que el término “Abuela” me hiciera sentir fuera de época. ¿Cuestión de coquetería? No lo sé. Tal vez, el temor de que me digan “Nona”, que me suena aún más antiguo. He sido objeto de numerosas bromas, como es de imaginar, pero las tengo asumidas.
 Dejando de lado la anterior frivolidad, debo decir que la alegría y el orgullo que me provoca Santiago Agustín, a quien llamo “Santiaguito”, llenan de felicidad mi alma. Su dulzura e inocencia de niño inunda los rincones de mi ser y me despierta al mundo con ojos limpios, corazón de chocolate, sonrisa de azúcar, oído musical. Ya nada es igual. El pequeño angelito ha cambiado mi mirada sobre la realidad.
Siempre fui amante de la fotografía, aunque nunca aprendí a tomar una foto como debe ser. De todas maneras, he tenido una cámara en mis manos desde jovencita y poseo miles de fotos de gran parte de mi pasado y de los lugares que he visitado. Creo que Santiaguito, con su año y cuatro meses de vida ha logrado de mí el doble de las fotografías a las que me he referido. Jamás dejo la cámara cuando estoy con él y lo capto en momentos inesperados o sorpresivos, como sucedió cuando tenía tan sólo un mes y once días de nacido. Mirando al infinito, comenzó a reírse con carcajadas sonoras que le provocaron numerosas lagrimitas que corrían por sus mejillas rosadas de manera inusitada.
No puedo olvidar ese instante que me transportó más allá. ¿Más allá de qué? Lo ignoro. Creo que más allá de mi “ahora”, de mi espacio, de mi corporeidad. Comencé a imaginar el maravilloso espectáculo del que estaría participando. Miles de Seres Alados, transparentes, luminosos, bailarían a su alrededor, jugueteando, riendo, yendo y viniendo entre haces dorados, dando volteretas para hacerlo reír. Un mundo invisible para mí, para mi ser adulto contaminado con lo conseguido a lo largo del tiempo sobre esta tierra que, de una o de otra manera, aleja a la mayoría de los seres humanos de su pureza original.
Anhelé que ese instante perdurara en su corazoncito. Me proyecté hacia su futuro y supe que, inevitablemente, la vida lo llevaría por caminos desconocidos y complejos. Cada vez más complejos y cargados de marchas, contramarchas, curvas cerradas, abismos, precipicios. Desde mi nueva mirada sobre la realidad que, gracias a la existencia de Santiaguito poseo hoy, también sé con certeza que existen las montañas para escalar, las alturas a las que se puede llegar, las estrellas que nos guiñan en las noches, el sol que alumbra nuestros días, las nubes hacia donde volar, las aves, las flores, los verdes de las praderas, con los cuales soñar.
 María Zulema Chervaz

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