martes, 8 de febrero de 2022

Ella - Olga Cortez Barbera


Le digo que sí, me dice que no; le digo que no, me dice que sí. Por lo general, gana ella. Ha sido nuestro juego desde que decidimos compartir la vida. Me había enamorado unos años antes. Mientras la Maestra nos instruía en los artificios de la multiplicación y el mundo cambiaba para mí, comencé a amarla sin saberlo.

Papá murió al finalizar la Primaria y tuvimos que mudarnos a casa de una tía, lejos de la ciudad. Por las circunstancias y apenas tener la edad, debí mezclar el estudio con el trabajo. No quedaba espacio para dedicarme a ella. Pero, las Moiras, tejedoras de destinos, tenían otros planes. Mamá y tía unieron sus esfuerzos para que yo pudiera estudiar Arquitectura. Ingresé a la Universidad.

Al poco tiempo entendía que los tratados sobre diseños arquitectónicos no eran para mí. Una tarde, dejé el libro a un lado y me tiré sobre la grama. Los alumnos corrían a clases o estudiaban en los pasillos. Entre las voces y las risas en los recintos del saber, parecía que la existencia llevaba alas de mariposas. Me pregunté si, como yo, habían elegido una profesión que les permitiera el estilo de vida que sus padres anhelaban. Casi me dormía, cuando escuché la voz:

—¡Hola!      

El corazón me dio un vuelco y supe que nada me separaría de ella. La tristeza que me había invadido cuando tuve que dejarla, emergió para transformarse en una dulce emoción. En ese instante supe cuánto la había extrañado. Intuí que el futuro ya no podía ser otro, a pesar de los gritos de mamá y los lamentos de mi tía. Antes de abandonar la residencia estudiantil, me aseguré de encontrar un empleo y otro lugar donde vivir.

Ahora, en la soledad de la habitación, me rindo sin condiciones. La inexperiencia me lleva a suponer que, por el hecho de tenerla conmigo, es mía. Luego, entiendo que sólo puedo poseerla si ella lo acepta. Su alma, libre y voluble, la lleva a desaparecer en cualquier momento.

Cuando no lo hace, todo es magia. En su presencia, la habitación desconoce de fronteras. No obstante, basta que algo le parezca contradictorio para que me hunda en la desesperanza. Siempre insisto en revertir la situación. Poco le importan las noches que pasamos creando mundos a nuestro antojo. Huye y yo quedo prisionero de la angustia.

En su ausencia, pierdo el apetito. Me lanzo en la cama, extrañándola profundamente, Cuando creo que casi perezco por su ausencia, aparece:

—¡Levántate!

Entonces, olvido el cansancio y me pierdo en ella…

No siempre es así, hay momentos en que el cuerpo ya no da y, frente a sus exigencias, le digo con honestidad:

—No puedo más...

Se revela y usa sus artilugios. Me llena la cabeza de impulsos locos, hasta que es imposible que continúe. Por temor a que se vaya de nuevo, la aprieto como a una naranja. Es inútil, me abandona, hundiéndome en la impotencia.

Si llega, estoy a su disposición. Corro a su encuentro, aunque descuide mis responsabilidades laborales. Me despojo de todo lo que no sea su compañía. Me inclino a su voluntad y pienso: Empleos hay montones; como ella, nadie más.

Sucede lo contrario si es ella la que se niega. Sin una pizca de piedad, exclama:

—¡Cuando digo no, es no!

Oscurece. Estoy frente a la computadora, en tanto ella va comentando sobre lo que escribo: Así está bien…No me gusta esa frase… Deja que hable el alma… Ay, no, ¡qué aburrido eres!... Mejor me marcho…

Suplico:

—No te vayas, por favor.

Coquetea:

—Sabes como soy —suelta su carcajada etérea—. Cuando lo desee, volveré.

Debo aceptarla como es. Las musas son así, volátiles, independientes. La mía… ¡Qué les puedo decir! A veces, irreverente, otras, caprichosa. ¡Siempre, imprescindible! Lo intuí aquella mañana de infancia, en el salón de clases, cuando en vez de multiplicar, quise escribir un cuento y ella lo hizo conmigo.

Olga Cortez Barbera

Imagen de Rahmat Damanik en Pixabay 

miércoles, 26 de enero de 2022

Me gusta cuando callas, Mariví - Pilar Galindo Salmerón

Tus cejas, cuando callas, son como alas en vuelo inmóvil. Tus ojos color de miel, son para mí caramelos que ansío besar. A Dios debió faltarle una pizca de barro, para completar tu nariz, tan chiquitilla, que más parece un adorno que hecha para respirar.

Tienes una linda boca, de labios finos y tiernos, con ese pellizquito en el centro que está diciendo: 

-¡Cómeme!

Pero, Mariví querida, no eres la misma cuando te posee el dios de la palabra. Entonces tus cejas son líneas quebradas, que nublan la belleza de tu mirada, la naricilla se abre anhelante, para gestionar el aire que tragas a bocanadas y tus labios se tensan, como la cuerda de un arco listo a ser disparado. Al principio, te escucho y, como hay cosas que no me convencen, pretendo discutirlas contigo, pero es imposible, ese vendaval de palabras que expeles, no tiene fisuras. Nada puedo decir y tú, incansable, me recuerdas aquellas películas antiguas, de los viejos trenes, en las que un actor grita:

-¡Más madera! 

Tú pareces requerir más palabras, para emplearlas en esa batalla contra todos. Cuando ya no pretendo intervenir, escucho retazos de tu discurso y me alcanzan adjetivos, que dan frío, también oigo nombres conocidos, vapuleados o bajados a un subsuelo que, en mi opinión, no merecen. 

La voz y la palabra son hermosas herramientas para conversar, tú las utilizas como argumentos arrojadizos, que cortan la respiración. Te recuerdo cuán bellas pueden ser las voces, infinitamente útiles y precisas. Respétalas Mariví, no las canses, no sea que se vuelvan silencio para ti.

 Cuando un beso invisible te cierra la boca, eres la dueña de mi alma, pero Mariví, ¡¡Cállate!!


Pilar Galindo Salmerón

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martes, 25 de enero de 2022

Vista aérea - Florencia Pérez Declercq

Lo primero fue un picor fortísimo en los ojos y luego un aire cálido y sólido en la espalda que me elevó muy por encima de mis posibilidades. Todo lo veía prístino, con unos colores imposibles y en planos que se superponían como transparencias espejadas. Una visión cenital del mundo, vasos comunicantes, claroscuros. Todo era un rompecabezas desordenado.

Mario ordena el galpón y tira, entre otras cosas, ese tornillo que le está haciendo falta a Ezequiel que se quedó en la ruta, en medio de la nada, con un calor que derrite las ideas.

 Mientras que para Yael, esa media hora hubiera sido la gloria, las tardes de Susana son un reloj de arena atascado.

 Marina no pudo tener hijos. Le sobran torrentes de ternura. Lautaro anduvo de hogar en hogar, pero le falta cobijo, alguien a quien llamar mamá.

 A Miguel le encanta cocinar, pero detesta hacerlo para él solo; A Alicia le gustaría tanto que alguien le cocine algo rico.

Martín rechaza las solicitudes de amistad de Facebook; entre ellas la de una tal Rosita Carrasco, la misma que Haydeé busca desde hace cuarenta y dos penosos años; desde el preciso día en que las separaron en el hogar de menores, allá en Corrientes.

A Rocío le faltan tres frasquitos para completar los veintinueve. Quería hacerles unos regalitos a sus nenes de jardín. Patricia está harta de que el hijo junte porquerías. En una bolsa de consorcio negra deja en la calle revistas viejas, zapatillas en desuso, tres frasquitos…

La luz del amanecer atraviesa, filosa, la cortina. Al borde de la cama, unos anteojos rotos.

Florencia Pérez Declercq

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domingo, 23 de enero de 2022

El negador de negados - Alberto Fernández

 

Pensó en todas las mentiras que invadieron su vida. En ideas sin resolver, el papel sin escribir y el libro sin abrir. El maestro, que repite el mentiroso teorema del triángulo. La mendaz historia de los griegos que, por su lejanía en el tiempo, era imposible recordar. El indemostrable origen de las especies.  La antigüedad, dudosa, de la presencia del hombre en la Tierra. El falsario código del abogado y la impostora e insidiosa prédica del misionero.

Solo creyó en la inexistencia de la muerte. No pudo demostrarlo.

 Alberto Fernández

Photo by Jesus Alejandro Moron Guadarrama from Pexels


miércoles, 14 de abril de 2021

El código masculino 2 - Alberto Fernández

Avanzó despacio, sumisa, La esperaba un abismático pozo. Estaba escrito en el Libro y así debería ser. Cubierta por una túnica negra. Nadie podía observar su rostro. Un público ávido de muerte. Negadores del deseo de morir por amor. La sentencia: ADULTERIO. Ejecutores con piedras en las manos. Dos hombres fuertes la introdujeron en una hoya. Afloraba solo su cabeza. Sonó la campana y una lluvia de trozos de la antigua montaña golpearon su entendimiento hasta que dejó de absoluto entender.

 HUBO TESTIGOS DESDE LO ALTO.

Un inquisidor, célibe, la acusa por vicios de apostasía, ambición y sensualidad: LIBIDO SIN NUPCIAS. Los hombres, con la fuerza en la plenitud, al considerarse receptores absolutos de la revelación divina, juntaron maderas y troncos muertos. Los asistentes, convencidos por una estipulada justicia, celebrarían el acto. Solo uno, el verdadero advertido, señaló la ausencia de culpa cuando empuñaron la primera piedra. Hicieron caso omiso del antagonista hacia las reglas. Ardieron maderas con olores a antigua carne humana. Al rato eran vestigios imposibles para engendrar nuevas vidas y practicar el amor.

HUBO MASCULINOS CONVENCIDOS DE LA CERTEZA DE LA JUSTICIA

Los carpinteros armaron un hermoso tablado. Alto, para que los presentes no se perdieran el espectáculo. El juicio decía: ABORTO.  La pobreza y la miseria le destrozaron el instinto maternal cuando devolvió a la tierra su fruto. Taparon su cabeza con un capuchón. El ejecutor, hombre probo, circundó una soga al cuello.

La bajaron y vieron que no era suficiente. Sobre una mesa. El doctor introdujo, con pericia, una aguja en la vena cubital del brazo izquierdo. Un líquido ignorado pudo mezclarse con otro displicente que aún circulaba en sus arterias. Se borró su pasado.

APLAUDIERON TESTIGOS DESDE EL FONDO DE LA SALA

Después de aplicarle todo el tratado para extrañas ideologías, le ataron sus manos y le vendaron los ojos. Un paseo. Una deferencia para la activista de convicción de futuro y militante de la palabra y la conciencia. La subieron por la escalerilla del avión. Mansamente engañada. Cuando el piloto chocó con las primeras nubes, alguien dio la orden con un grito y el choque de dos talones de la bota militar. Abrieron la puerta y la empujaron al espacio .MILITANTE. El viento desparramó sus hermosos cabellos. El mar, perplejo, observó a la extraña moradora. La última bocanada de agua salobre del océano la adquirió como parte de él. Sus ideales se cubrieron de algas y de sal.

LOS TESTIGOS SE JURARON UN PACTO DE SILENCIO.

 Alberto Fernández

Image by eko hernowo from Pixabay

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sábado, 19 de diciembre de 2020

La cuarta visita - Hilda Vélez


No perdono a la muerte enamorada

ni perdono a la vida, desatenta...

Elegía, Miguel Hernández


Anoche soñé con Adal. Reviví el momento en que el viejo muro de ladrillo se derrumbó sobre él. También soñé con los otros, su madre y sus hermanos, que azorados, desesperados e incrédulos quedaron paraditos al otro lado del muro con sus barrigas y rodillas prominentes, con su apenas vida a penas de muerte justo en el lado de la vida. También me dejó a mí. A los siete años, triste y enojada, lamenté por igual la partida del amigo y la pérdida del muro de nuestros juegos. Esa fue la primera vez, según recuerdo, que la muerte me dejó en este, el lado de la vida.

Regresé, luego de alejarme unos años, al barrio de mi infancia. Allí encontré a una de las más queridas amigas. Sentadas en la misma roca en que nos sentábamos de niñas, me dijo en voz baja y triste: “ya no quiero vivir”. A los catorce años, con su vientre recrecido y las rodillas escondidas en la evidente hinchazón de sus piernas, mi amiga, la entrañable, la extrañada, me anunciaba la falta de sentido de su vida. En broma, por incrédula, le aconsejé disponer de sí con el mismo veneno con el que nuestros padres se deshacen de los ratones. Le dije que lo bebiera con leche para que no le supiera tan amargo. “Bueno, mejor con agua”, corregí, recordando que la leche era un lujo en su vida, solo disponible para quitarle lo puya al ralo café de sus mañanas. Mi broma la devolvió con llanto. Un llanto suave, sin sollozos, calladito. Comprendí que hablaba en serio. Arrepentida la abracé. Le dije cuanto la amaba. La mañana siguiente me despertó mi tío. Con voz entrecortada por la emoción me dijo: “Sol (ella, la de los rayos de luz en el nombre) se suicidó. Tomó veneno para ratas con un vaso de agua frente a su hermana”. Esa hermana contó que comenzó a retorcerse de dolor y a vomitar sangre, pero que llegó viva al hospitalillo. Allí la recibió una enfermera desvelada que se ocupó de hacer con ella el inventario de lo inexistente. No tenían lo necesario para salvarle la vida, solo una ambulancia vieja y trotona en que la trasladaron, luego de localizar, borracho, al conductor, al Hospital de Distrito. “Pobrecita”, añadió mi tío, “nadie sabe quién es el papá de su bebé”. Lloré amargamente. Por amor, por remordimiento. Sol me visitó cada noche durante muchos años. Jugábamos a que estaba viva o a que estaba muerta. Era un sueño tan real que muchas veces creí que lo soñaba despierta. Esta fue la segunda vez que la muerte me dejó, confundida, del mismo lado de la vida.

Una tarde me quedé a solas con Gloria. Me pidió que me acostara a su lado y la abrazara. A la amiga robusta y alegre, decidida y coqueta, la esperaba la muerte, y tal como lo dice Miguel Hernández, “enamorada” y “desatenta”. Una lenta y dolorosa enfermedad se apoderó de su cuerpo, al que le despejó todo, menos los huesos y el pellejo. Le dejó intactas, en cambio, la hermosura de su rostro junto a las ganas de amar y ser amada. También la lucidez para verse morir. Cuidar de Gloria me enseñó la gloria de cuidar. Para ella y por ella inventé inverosímiles cuentos mientras masajeaba sus pies con perfumadas cremas cuyo olor cosquillea mi nariz cada vez que pienso en ella. Esa tarde a la que aludo me acosté a su lado y abrazadas, le susurré al oído: ”¿volverás de la muerte si es posible? ¿me contarás si Dios existe? ¿me dirás como se siente estar muerta?” Asintió con mirada cómplice e hicimos un pacto de amigas a punto de perderse. Junto a Gloria, con toda su vida en ella, pude llorar su muerte.

La tarde en que le permitieron morir estuve ocupada en salvar mi propia vida. En el momento exacto en que apagaron el respirador que durante un año permitió a los médicos declararla viva, trataba yo de sobrevivir a un propio e intenso dolor. No estuve allí para verla ir... Y me quedé, muy sola, de cuerpo presente, otra vez justo al otro lado de la muerte. Gloria se fue tranquila. No ha vuelto. No sé si es porque la muerte es absoluta y eterna o si se retrasa para disfrutar de mi impaciencia. Pero, cabe decir, y esto es muy cierto, que desde hace un tiempo me visita una mujer desconocida cuyo rostro no alcanzo a ver, que se hace visible por momentos y se mueve con sigilo. Se ocupa de encender y apagar, de abrir y de cerrar. Y no molesta.

Todo esto lo cuento para que vean que son cuatro las veces que la muerte me dejó del mismo lado de la vida.

                                                                                        Hilda Vélez 


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viernes, 20 de noviembre de 2020

Análisis de "La decisión de Odiseo" de Louis Guck - Alberto Fernández

Análisis de “La decisión de Odiseo”, poema de Louis Guck, premio Nobel 2020 (ver poema al pie).

Abordo este poema en homenaje al PREMIO NOBEL DE LITERATURA. Me gustaría analizar su contenido, referido a ODISEO, el relato de HOMERO que, en su canto V da cuenta histórica de las contrariedades de ULISES, héroe de la batalla de TROYA, con el propósito de regresar a su Patria donde lo esperan PENÉLOPE y su hijo TELÉMACO. En una de sus hostilidades su barca junto con sus marineros es destruida por la furia del mar. Y llega solo a las costas de las ninfas, donde CALIPSO le promete inmortalidad si se queda como amante. Odiseo persiste en su idea de llegar a su hogar, a pesar que la ninfa le ayuda a construir una nueva balsa. Parte ULISES con destino a la isla de los Feacios. Sin embargo, y allí, la poeta autora del poema, recrimina al mar por, nuevamente, destruir su barca al llegar a la otra isla.

LOUIS GUCK en su poema reprocha al mar su furia (narración) y le exige que le devuelva la vida a ODISEO. Ya HOMERO lo había hecho.

Alberto Fernández

 

LOUIS GUCK

Premio NOBEL 2020

 

La decisión de Odiseo

 

El gran hombre le da la espalda a la isla.
Su muerte no sucederá ya en el paraíso
ni volverá a oír
los laudes del paraíso entre los olivos,
junto a las charcas cristalinas bajo los cipreses.

Da comienzo ahora el tiempo en el que oye otra vez
ese latido que es la narración
del mar, al alba cuando su atracción es más fuerte.
Lo que nos trajo hasta aquí
nos sacará de aquí; nuestra nave
se mece en el agua teñida del puerto.

Ahora el hechizo ha concluido.
Devuélvele su vida,
mar que sólo sabes avanzar.

(Del libro ‘Praderas’)

  

lunes, 26 de octubre de 2020

Melody 2 - Pilar Galindo Salmerón

No puedo quitarme de la cabeza los ojos de ese hombre, el temblor de su voz, su desesperación. Si yo supiera fingir, como tantos en este oficio, teatralizar el contacto de ultratumba, el mensaje transmitido al alma buscada… quizás lo hubiera salvado. Siempre huyendo de los atavíos truculentos, de esas túnicas negras, llenas de estrellas, rayos o calaveras, precisamente para mostrar la seriedad de mi trabajo, a los que tienen necesidad de hablar con los muertos. ¡Ah, si hubiera sabido mentir con solvencia! Pero no pude hacerlo, ni siquiera lo intenté, horrorizada como estaba por la historia de Melody, por el sufrimiento de Andrés, lo eché todo a perder. Y ahora me carcome la pena y no puedo olvidar las palabras, esas terribles palabras…

Siempre me pesará tan dañina honradez.

Obediente a mi invitación, el hombre que vacilaba en el umbral, entró, cerró la puerta y ocupó la silla colocada frente a mi mesa, aunque sólo la mitad de ella. Y se quedó allí, tieso, sin rozar el respaldo del asiento, enmudecido por los nervios o por el miedo a poner en palabras su apremiante petición.

Tuve que tomar la iniciativa.

—Dígame, qué quiere de mí.

La voz, que pretendía ser acogedora, me salió sin embargo aguda y helada, Andrés, así dijo que se llamaba, hubiera querido marcharse, incluso llegó a apartar un poco la silla, pero debió recordar que este era su último asidero, de modo que levantó los ojos empañados de miedo y trató de sostenerme la mirada. Pero bajó la cabeza enseguida. Y así quedó, inmóvil y mudo. Hasta que volví a animarlo para que pusiera palabras a su problema.

—Empiece por cualquier parte. Y cálmese, yo puedo ayudarle.

Quizás porque mis últimas palabras sonaran más humanas, o porque había tocado fondo su angustia, Andrés comenzó a hablar entre tartamudeos, que se fueron corrigiendo a medida que los recuerdos tomaban forma en su mente.

 Y esta es la historia que hubiera preferido no oír.

 —Hace tres años yo estuve en la guerra, una guerra que no era mía y para la que no estaba preparado. Tanto tiempo sesteando en el cuartel, haciendo guardias y ensayos de escaramuzas, que cuando me vi en un frente auténtico, con un enemigo real delante, sentí un miedo cerval. Pensé, al ver morir gente a mí alrededor, que yo no estaba preparado para matar. Y mucho menos para morir. Si hubiera servido de algo habría suplicado que me sacaran de allí. Yo no valía para esta guerra terrible, tan distinta de la fingida. Pero de allí solo saldría cuando hubiera terminado nuestra misión que, paradójicamente, al decir de los mandos, era una misión de paz.

El instinto de supervivencia y el tiempo lograron al fin hacer de mí un soldado en toda regla. Cuando se trata de tu vida o de la del otro, tienes que escoger de prisa y sin dudar. Y para eso has de ser fuerte y duro. No puedes desmayarte al ver los trozos del soldado que estaba a tu lado, hombro con hombro, un minuto antes. Tienes que agradecer a tu suerte que la granada no te alcanzara a ti, sino a él. Pero cuando eres capaz de conservar la cabeza fría ante tales espectáculos, es que algo ha muerto en ti, algo que te estorbaba para la guerra pero que echarás de menos en la paz: la piedad. Un soldado no puede tener piedad.

Y la paz estaba allí, a la vuelta de la esquina, una paz de mentira, sólo una tregua entre dos carnicerías, pero al menos no era el frente ni se oían los obuses. Estábamos en lo que fuera el salón de masajes de madame Luzi, allí no había habido propiamente masajistas sino chicas amables que te adivinaban el pensamiento. No les sería demasiado difícil, tan predecibles somos los soldados. Pero cogidas en mitad de un avance o una retirada, para el caso da lo mismo, las chicas, la mayoría de ellas, habían logrado huir. Allí había un poco de comida pasada, algunas botellas de vino y… Melody. Éramos siete en el grupo. Deambulábamos por el edificio vacío en busca de algo que no fuera vino, cuando la encontraron. Si estaba allí, es que era puta. Qué más podíamos necesitar después de seis meses sin catar mujer. Yo no estaba con ellos, me quedé dormido en una mecedora antigua, parecida a la que había en casa de mi abuela, tal era mi cansancio. Me despertó la urgencia de sus voces. Me tenían preparada una sorpresa.

–Andrés, mira que te hemos guardado, tío, ven, no te lo vas a creer.

Para sobrevivir en una guerra hace falta vencer al miedo y no tener piedad, eso ya lo he dicho antes, pero hay algo más; es preciso pertenecer a un grupo, tener amigos y serles fiel. Ellos eran mis amigos. Sé lo que está usted pensando, señora, tal vez la chica no era una trabajadora del salón de masajes, sino alguien que se acercó allí buscando refugio o comida. O sea, no era puta. Pero eso mis compañeros no lo sabían, ni siquiera lo pensaron. Y tampoco importaba. Yo no estaba, pero llegué a tiempo y no podía saber que todos habían pasado ya por ella.  Pero así era. Me tocaba. No podía despreciar el regalo. Eso no lo hace un hombre. La mujer parecía ajena a mí, gemía bajito y mantenía su antebrazo sobre los ojos. Era muy delgada.  Yo me afanaba en conseguir mi gusto, el cansancio, el hambre, no ayudaban mucho. En un último envite me corrí, ella gritó, fue un aullido desgarrado que paró en seco mi excitación, salté de encima de ella, la miré, tan pálida, tan quieta. Acostumbrado a tener alerta todos los sentidos, alcancé a oír algo parecido a un goteo. Miré a mí alrededor, tenso, asustado. De pronto me fijé en mis botas, hasta ellas llegaba un hilillo rojo mugre, caía de la estera que cubría el catre. Las gotas formaban un charco, el charco se deshacía entre los surcos de las losas, la mujer estaba quieta. Me sentí mal, yo no había sido, yo era él último, ellos lo habrían hecho. Corrí y corrí. Tenía que alcanzarlos, iban todos juntos riendo, borrachos.

—Qué, ¿qué te ha parecido Melody?

— ¿Se llama Melody?, de qué la conocéis.

—No, nadie la conoce, ha sido una ocurrencia de Manolo, le ha entrado la flojera y se ha puesto a llamar a su novia.

Qué podía hacer, corríamos campo a través, allí no había médicos, ni hospitales… seguramente ya habría muerto. Tal vez estuviera enferma…Yo no sé…

Luego regresó la guerra, más sangre y más muerte. Y el miedo.

Mucho tiempo después volvimos a casa a lo que debía ser la paz. Pero no para mí. Cada noche me visita Melody; está allí en la cama, pálida y quieta. Pero ahora no se cubre los ojos con el brazo, me mira y su mirada es de hielo. Me da miedo, más que la guerra, más que la muerte. No puedo soportarlo más. Por eso he venido, para que usted hable con ella; dígale que no fui yo, alguno de los otros lo hizo, yo llegué al final, no sabía nada, no podía saber…ellos dijeron que era puta, yo les creí. Dígale que lo siento, que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para que me deje en paz. Lo que sea. Lo que me pida, por difícil que sea.  No puedo vivir así.

Cuando calló, lo miré horrorizada, el dolor me hizo ver que me había mordido los labios hasta sangrar ¿Qué puedo decirle a este hombre, Dios mío? Está desesperado y confía en mí, quizás lo ha probado ya todo. Solo le queda buscar el perdón de los muertos.

—Verá, las ánimas no acuden siempre a mis llamadas.   Sólo a veces    No sabemos quién era, ni su nombre, nada ¿cómo voy a convocarla?

—Inténtelo, por favor.

Me replegué en mi misma, cerré fuerte los ojos y extendí las manos. Me esforcé en llevar mi mente hasta esa mujer violada hasta la muerte, en un país comido por la guerra. Evoqué, a pesar de mi horror, el catre con la estera, el salón de masajes, el aullido triste de Melody…pero ella no acudió. Lo intenté de nuevo, pero no hubo respuesta. Lo siento, dije extenuada por el esfuerzo, nadie ha respondido, no nos escucha o no sabe que la llamamos.

Andrés siguió sentado, la cabeza metida entre los hombros, los brazos colgando, desgonzados. Levantó los ojos hasta los míos para volver a suplicar, apenas sin voz.

—Lo siento, le repito que no puedo hacer nada

—Yo sé lo que quiere. Quiere que vaya a buscarla. Yo personalmente, sin intermediarios.

—No diga eso. Debe acudir a un médico, él lo curará, usted está enfermo.

Andrés se levantó decidido, dejó un billete sobre la mesa y salió de la habitación. Fui hasta la ventana, quería llamarlo pero enfiló la calle de prisa, resuelto. Caminaba repitiendo una y otra vez esas palabras: Yo iré, yo mismo iré…    

Pilar Galindo Salmerón

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El fuego - Alberto Fernández


Conocí esa tierra desbastada por el fuego. Mano maldita que quiso borrar lo que fue hogar de pájaros y anular la vida de quienes quisieran vivir bajo su cobijo. Único objetivo fue dejar un recuerdo de muerte. Pensé en la Biblioteca de Alejandría donde, con una sola cerilla, anuló la historia, las ideas y el transitar de los hechos reales o míticos. Ese palillo de fuego inicial, manejado por una mano siniestra, que habita en el mundo de la maldad, también pudo ser accionado por el otro, consciente de su otredad, para iluminar ideas o dudas. ¿Y si esas dudas volvieran en forma de respuestas válidas elucidando la inmensa oscuridad humana?  Pero mi sentimiento positivo maldice la frontera minúscula que media entre la orden y el hecho de cumplirla. Vuelvo a mi visión primigenia al abordar el tema de un mísero fósforo y me concentro en la imagen de lo inhóspito, donde nada crece. En lo que fue amparo de pequeñas y exuberantes vidas, de todos los reinos, sólo quedó una tierra arrasada por el fuego.

Alberto Fernández

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martes, 15 de septiembre de 2020

Los unos y los otros - Alberto Fernández


Quise imitar el soñado destino de mis amigos y tras un largo viaje, por fin, quise ver las maravillas que, continuamente, me contaron. Mi ansiedad quedó satisfecha al pisar las pulidas baldosas del Aeropuerto. Para mi vuelta debía escribir todas mis sensaciones. Así lo hice.

A pesar de haber nacido en este planeta Tierra, yo allí, era otro. Las putas me rechazaban por creerme circuncidado.

—No eres cristiano, no hay sexo.

También en ocasiones era negro, tal vez por mi tez morena.

—No hago con negros.

‘’La democracia se sustenta en la identidad’’, pintado en carteles y pancartas. Yo no era idéntico, me faltaba mucho para serlo.

Preguntaba en esquinas, bares, cómo ser semejante y nadie me respondía.

—Perdone señor, el reglamento no me permite hablar con extraños —me contestó el policía.

El chofer del taxi me pidió documentos, le respondí que no tenía.

—Entonces baje. No puedo transportar indocumentados.

Cuando quise trabajar, el patrón me dijo:

—Sí, pero no podrá salir del Taller.

—¿Y dónde duermo?

—En el galpón, con los otros.

—Entonces, ¿acá hay otros?

—Quise decir con los demás. Los unos están en la banca, en la política. Usted no nos entiende, la identidad es primordial, no existiría esta gran Nación sin ella.

Comíamos allí carne molida geometrizada traída del ‘’come y vete” más próximo. Todos éramos los otros.

Cuando salí de allí caminé por anchas calles. Entré, con la esperanza de respuestas, en un edificio que parecía un templo. Un hombre, en jean, salió a recibirme.

—¿Desea saber algo de nuestra congregación?

—Mi problema son las dudas —dije.

—El único ideal que aclara las dudas es la Fe, mi querido hermano.

Fue el único que me dijo hermano. Me entusiasmó.

—Dios nos hizo a todos iguales, pero en este país nos permitió diferenciarnos a través de ÉL.

—Y, ¿en qué se diferencian?

—Hay muchas diferencias: negros, ácratas, judíos, musulmanes.

—¿Quién  lo determina, quién es ÉL?

—Obispos, políticos, jueces, todo el poder. No es lo mismo si eres católico, apostólico, romano que disidente, o judío o musulmán. O negro. Rico o pobre.

Al salir encontré un negro. Cuando le pregunté él que era, me dijo, con cierto orgullo: Yo soy afroamericano y usted. Le contesté que yo era italohispanoargentino.  Mi ‘bloodline’.

Crucé la frontera, invisible pero real, con destino hacia algún sitio donde solamente hubiera seres de la raza humana. Hombres o mujeres, daba igual. ‘’Los unos y los otros’’. Cada uno con su personal mochila de ideas.

Alberto Fernández

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